CAPITULO# 11 El DESTINO
... el adivino intenta interpretar algo que
en realidad no está nada claro...
Sofía
había estado vigilando la puerta de la verja del jardín, mientras leía sobre Demócrito. Para asegurarse, decidió,
no obstante, darse una vuelta por la puerta.
Al
abrir la puerta exterior descubrió un sobrecito blanco fuera en la escalera. Y
en el sobre ponía “Sofía Amundsen”.
¡De
modo que la había engañado! Justo ese día, cuando con tanto celo había vigilado
el buzón, el filósofo misterioso se había acercado a la casa a escondidas desde
otro lado y simplemente había puesto la carta sobre la escalera, antes de darse
a la fuga otra vez. ¡Demonios!
¿Cómo
podía saber que Sofía iba a estar vigilando el buzón justamente ese día? ¿La
habrían visto él, o ella, en la ventana? Al menos se alegraba de haber salvado
el sobre antes de que su madre llegara a casa.
Sofía
volvió a su cuarto y abrió allí la carta. El sobre blanco estaba un poco mojado
por los bordes; además, tenía un par de profundos cortes. ¿Por qué? No había
llovido en varios días.
En la notita ponía:
¿Crees en el destino?
¿Son las enfermedades un castigo
divino?
¿Cuáles son las fuerzas que dirigen la marcha de la historia?
¿Que
si creía en el destino? No estaba muy segura. Pero conocía a mucha gente que sí creía.
Varias
amigas de clase, por ejemplo, leían sus horóscopos en las revistas. Si creían
en la astrología, también creerían en el destino, ya que los
astrólogos pensaban que la situación de las estrellas en el firmamento podía decir algo sobre la
vida de las personas en la Tierra.
Si se creía que un gato negro que cruzaba el camino significaba mala suerte, entonces también se creería en el destino, pensaba Sofía. Cuanto más pensaba en ello, más ejemplos le salían de la fe en el destino. ¿Por qué se decía «toca madera, por ejemplo y por qué martes trece era un día de mala suerte; Sofía había oído decir que muchos hoteles se saltaban el número trece para las habitaciones? Se debería a que, a fin de cuentas, había muchas personas supersticiosas.
–Superstición,
por cierto, ¿no era una palabra extraña? Si creías en el cristianismo o en el
islán se llamaba fe», pero si creías en astrología o en martes y trece,
entonces se convertía en seguida en superstición.
¿Quién
tenía derecho a llamar superstición, a la fe de otras personas?
Por
lo menos, Sofía estaba segura de una cosa: Demócrito no había creído en el
destino. Era materialista. Sólo había creído en los átomos y en el espacio
vacío.
Sofía
intentó pensar en las otras preguntas de la notita.
¿Son
las enfermedades un castigo divino?» Nadie creería eso hoy en día. Pero de
repente se acordó de que mucha gente pensaba que rezar a Dios ayudaba a
curarse, así que creerían que Dios tenía algo
que ver en la cuestión de quién estaba sano y quién estaba enfermo. La
última pregunta le resultaba más difícil. : Sofía jamás había pensado en qué
era lo que dirigía el curso de la historia. ¿Serían las personas, ¿no? Si fuera
Dios o el destino, las personas, no podrían tener libre albedrío.
El
tema del libre albedrío le hizo pensar en otra cosa. ¿Por qué iba a tolerar que ese misterioso filósofo
jugara con ella al escondite?
¿Por
que no podía ella escribirle una carta al filósofo? Seguro que él, o ella, dejaría un nuevo sobre
grande en el buzón en el transcurso de la noche, o en algún momento de la mañana
siguiente.
Entonces, ella dejaría una carta para el profesor de filosofía.
Sofía
se puso en marcha. Le resultaba muy difícil escribir a alguien a quien jamás había visto. Ni siquiera sabía si era un
hombre o una mujer. Tampoco si era joven o viejo. Por lo que sabía, incluso
podría tratarse de una persona a la que ella
conocía.
En poco tiempo había redactado una pequeña carta:
Muy respetado filósofo: En esta casa se aprecia con sumo agrado su generoso curso de filosofía por correspondencia. Pero molesta no saber quién es usted. Le rogamos por tanto presentarse con nombre completo. A cambio será invitado a entrar a tomar una taza de café con nosotros, pero si puede ser, cuando mi madre no esté en casa. Ellas trabaja todos los días de 7, 30 a 17, 00 de lunes a viernes. Yo soy estudiante, y tendré el mismo horario, pero, excepto los jueves, siempre estoy e casa a partir de los dos y cuarto. Además, el café me sale muy bueno. Le doy las gracias por anticipado. Saludos de su atenta alumna. Sofía Amundsen, 14 años.
En la parte inferior de
la hoja escribió:«Se ruega contestación».
A
Sofía le pareció que la carta era demasiado formal. Pero no era fácil elegir
las palabras cuando se escribía a una persona sin rostro. Metió la hoja en un
sobre de color rosa y lo cerró. Por fuera escribió: «Al filósofo»
El
problema era cómo sacarlo fuera sin que su madre lo viera. Al mismo tiempo,
tendría que mirar el buzón temprano a la mañana siguiente, antes de que llegara
el periódico. Si no llegaba ningún envío durante la noche, tendría que volver a
recoger el sobre de color rosa.
¿Porqué tenía que ser todo tan complicado?
Aquella
noche, Sofía subió pronto a su habitación a pesar de que era viernes. Su madre
intentó tentarla con una pizza y una película policíaca, pero dijo que estaba
cansada y que quería leer en la cama. Mientras su madre estaba sentada mirando
fijamente a la
pantalla
del televisor; Sofía bajó a hurtadillas a llevar la carta al buzón.
Al
parecer, su madre estaba un poco preocupada. Desde que surgió aquello del
conejo grande y el sombrero de copa, hablaba con Sofía de una manera completamente distinta a la de antes. Sofía
no quería preocuparla, pero ahora tenía
que subir a la habitación para vigilar el buzón.
Cuando
su madre subió, sobre las once, estaba sentada delante de la ventana mirando a
la calle.
–¿No estarás sentada mirando al buzón? –pregunto.
–Miro lo que me da la
gana.
–Creo
que estás enamorada de verdad, Sofía. Pero si llega con una nueva carta, no lo
hará en medio de la noche.
–¡Qué
asco! Sofía no aguantaba esa tontería del enamoramiento. Pero habría que dejar
que su madre creyera que su estado de ánimo
se debía a algo así.
Su
madre prosiguió: –¿Él fue el que dijo aquello del conejo y el sombrero de copa?
Sofía asintió con la cabeza.
–No es... no consume
droga, ¿verdad?
Ahora
Sofía sentía verdadera lástima por su madre. No podía permitir que se
preocupara tanto por una cosa así. Por otra parte, era bastante tonto pensar
que las ideas divertidas tuvieran que ver con las drogas. Los mayores son un
poco tontos a veces.
Se volvió y dijo:
–Mamá,
te prometo, aquí y ahora que jamás probaré algo así... y él tampoco consume drogas. Pero le interesa
bastante la filosofía.
–¿Es mayor que tú?
Sofía dijo que no con
la cabeza.
–¿De
la misma edad? Dijo que sí.
–¿Y le interesa la filosofía?
Volvió
a decir que si. –Seguro que es majísimo, cariño. Y ahora, creo que debes
dormir, Pero Sofía se quedó durante horas mirando al camino. Sobre la una,
tenía tanto sueño que los ojos se le iban cerrando. Estuvo a punto de
acostarse, pero de repente vislumbró sobre una sombra que salía del bosque.
La
oscuridad era casi total, pero había luz suficiente para poder distinguir la
silueta de una persona. Era un hombre, y a Sofía le parecía bastante mayor.
¡Por lo menos, no era de su misma edad! En la cabeza llevaba una boina o algo
parecido.
Miró
una vez hacia la casa, pero Sofía no tenía ninguna luz encendida. El hombre se
fue derecho al buzón y dejó caer dentro un sobre grande. En el momento de
soltar el sobre, descubrió la carta de Sofía. Metió la mano en el buzón y sacó
la carta. Al cabo de un instante, estaba ya otra vez en el bosque. Se fue
corriendo hacia el sendero y desapareció.
Sofía
notaba cómo le latía el corazón. Lo que más hubiera deseado era salir corriendo
tras él. Aunque pensándolo bien, no podía hacer eso, no se atrevía a ir
corriendo tras una persona desconocida en plena noche. Pero tenía que salir a
recoger el sobre, eso sí que no lo dudaba.
Al
cabo de un rato, bajó la escalera a hurtadillas, abrió cuidadosamente la puerta
de la calle con la llave y se fue hasta el buzón. Pronto estaba de vuelta en su
habitación, con el gran sobre en la mano. Se sentó sobre la cama conteniendo el
aliento. Pasaron un par de minutos y
no se oía ningún ruido en toda la casa.
.
Entonces abrió la carta y comenzó a leer.
Era
evidente que no recibiría ninguna contestación a su carta hasta el día
siguiente.
¡Buenos días de nuevo,
querida Sofía! Déjame decirte, de una vez por todas, que jamás debes intentar
espiarme. Ya nos conoceremos en persona algún día, pero seré yo quien decida la
hora y el lugar. ¿No vas a desobedecerme, ¿verdad?
Volvamos a los filósofos. Hemos visto cómo
buscan explicaciones naturales a los cambios que tienen lugar en la naturaleza.
Anteriormente, esas cuestiones se explicaban mediante los mitos.
Pero también en otros
campos hubo que despejar el camino de viejas supersticiones. Lo vemos en lo que
se refiere a estar enfermo y estar sano, y en lo que se refiere a los
acontecimientos políticos. En ambos campos, los griegos tuvieron una gran fe en
el destino.
Por fe en el destino se
entiende la fe en que está determinado, de antemano, todo lo que va a suceder.
Esta idea la podemos encontrar en todo el mundo, en el momento presente, y a
través de toda la historia. En los países nórdicos existe una gran fe en
«el destino»; tal como
aparece en las antiguas sagas islandesas. Tanto entre los griegos como en otras
partes del mundo, nos encontramos con la idea de que los seres humanos pueden
llegar a conocer el destino a través de diferentes formas de oráculo, lo que
significa que el destino de una persona, o de un estado, puede ser interpretado
de varios modos.
Todavía hay muchas
personas que creen en leer las cartas, leer las manos o interpelar las
estrellas.
Una variante
típicamente noruega es la adivinación mediante los posos del café. Al vaciarse
la taza de café, suelen quedar algunos posos en el fondo. Esos posos pueden
formar un determinado dibujo o imagen –sobre todo, si añadimos un poco de
imaginación–. Si los posos tienen la forma de un coche, significa que la
persona que haya bebido de la taza quizás vaya a hacer un viaje en coche.
Vemos que el «adivino»
intenta interpretar algo que en realidad no está nada claro. Esto es muy típico
de todo arte adivinatorio, y precisamente porque aquello que se «adivina» es
tan poco claro, no resulta tampoco muy fácil contradecir al adivino.
Cuando miramos el cielo
estrellado, vemos un verdadero caos de puntitos brillantes, y sin embargo, ha
habido muchas personas, a través de los tiempos, que han creído que las
estrellas pueden decirnos algo sobre nuestra vida en la Tierra. Incluso hoy en
día, hay dirigentes políticos que consultan a un astrólogo antes de tomar una
decisión importante.
ACTIVIDAD:
1. Explica la diferencia entre DESTINO Y
LIBRE ADBEDRÍO
2. ¿Crees en el destino o en el libre
albedrío? Justifica tu respuesta
3. ¿Son las enfermedades un castigo
divino?
4. ¿Cuáles son las fuerzas que dirigen
la marcha de la historia
5. ¿Qué opinas dela frase “quién tiene
derecho a llamar superstición a la fe de otras personas”?
6. Cuando tú, dices: ¿toco madera, estas
creyendo en el destino o en el libre albedrío? ¿Por qué?
7. Consulta que es un DEJA VÚ y
explícalo.
