martes, 16 de junio de 2026

SEMANA # 20 FILOSOFIA

 CAPITULO# 11 El DESTINO

... el adivino intenta interpretar algo que en realidad no está nada claro...

 


 

Sofía había estado vigilando la puerta de la verja del jardín, mientras leía sobre Demócrito. Para asegurarse, decidió, no obstante, darse una vuelta por la puerta.

Al abrir la puerta exterior descubrió un sobrecito blanco fuera en la escalera. Y en el sobre ponía “Sofía Amundsen”.

 

¡De modo que la había engañado! Justo ese día, cuando con tanto celo había vigilado el buzón, el filósofo misterioso se había acercado a la casa a escondidas desde otro lado y simplemente había puesto la carta sobre la escalera, antes de darse a la fuga otra vez. ¡Demonios!

¿Cómo podía saber que Sofía iba a estar vigilando el buzón justamente ese día? ¿La habrían visto él, o ella, en la ventana? Al menos se alegraba de haber salvado el sobre antes de que su madre llegara a casa.

 

Sofía volvió a su cuarto y abrió allí la carta. El sobre blanco estaba un poco mojado por los bordes; además, tenía un par de profundos cortes. ¿Por qué? No había llovido en varios días.

En la notita ponía:

 

¿Crees en el destino?

¿Son las enfermedades un castigo divino?

¿Cuáles son las fuerzas que dirigen la marcha de la historia?

 

 

¿Que si creía en el destino? No estaba muy segura. Pero conocía a mucha gente que sí creía.

Varias amigas de clase, por ejemplo, leían sus horóscopos en las revistas. Si creían en la astrología,  también creerían en el destino, ya que los astrólogos pensaban que la situación de las estrellas  en el firmamento podía decir algo sobre la vida de las personas en la Tierra.

Si se creía que un gato negro que cruzaba el camino significaba mala suerte, entonces también se creería en el destino, pensaba Sofía. Cuanto más pensaba en ello, más ejemplos le salían de la fe en el destino. ¿Por qué se decía «toca madera, por ejemplo y por qué martes trece era un día de mala suerte; Sofía había oído decir que muchos hoteles se saltaban el número trece para las habitaciones? Se debería a que, a fin de cuentas, había muchas personas supersticiosas.


–Superstición, por cierto, ¿no era una palabra extraña? Si creías en el cristianismo o en el islán se llamaba fe», pero si creías en astrología o en martes y trece, entonces se convertía en seguida en superstición.


¿Quién tenía derecho a llamar superstición, a la fe de otras personas?

Por lo menos, Sofía estaba segura de una cosa: Demócrito no había creído en el destino. Era materialista. Sólo había creído en los átomos y en el espacio vacío.

 

  Sofía intentó pensar en las otras preguntas de la notita.

¿Son las enfermedades un castigo divino?» Nadie creería eso hoy en día. Pero de repente se acordó de que mucha gente pensaba que rezar a Dios ayudaba a curarse, así que creerían que Dios tenía algo que ver en la cuestión de quién estaba sano y quién estaba enfermo. La última pregunta le resultaba más difícil. : Sofía jamás había pensado en qué era lo que dirigía el curso de la historia. ¿Serían las personas, ¿no? Si fuera Dios o el destino, las personas, no podrían tener libre albedrío.

 

El tema del libre albedrío le hizo pensar en otra cosa. ¿Por qué iba a tolerar que ese misterioso filósofo jugara con ella al escondite?

¿Por que no podía ella escribirle una carta al filósofo? Seguro que él, o ella, dejaría un nuevo sobre grande en el buzón en el transcurso de la noche, o en algún momento de la mañana

siguiente. Entonces, ella dejaría una carta para el profesor de filosofía.

 

Sofía se puso en marcha. Le resultaba muy difícil escribir a alguien a quien jamás había visto. Ni siquiera sabía si era un hombre o una mujer. Tampoco si era joven o viejo. Por lo que sabía, incluso podría tratarse de una persona a la que ella conocía.

En poco tiempo había redactado una pequeña carta:


Muy respetado filósofo: En esta casa se aprecia con sumo agrado su generoso curso de filosofía por correspondencia. Pero molesta no saber quién es usted. Le rogamos por tanto presentarse con nombre completo. A cambio será invitado a entrar a tomar una  taza de café con nosotros, pero si puede ser, cuando mi madre no esté en casa. Ellas trabaja todos los días de 7, 30 a 17, 00 de lunes a viernes. Yo soy estudiante, y tendré el mismo horario, pero, excepto los jueves, siempre estoy e casa a partir de los dos y  cuarto. Además, el café me sale muy bueno. Le doy las gracias por anticipado. Saludos de su atenta alumna. Sofía Amundsen, 14 años.

En la parte inferior de la hoja escribió:«Se ruega contestación».

A Sofía le pareció que la carta era demasiado formal. Pero no era fácil elegir las palabras cuando se escribía a una persona sin rostro. Metió la hoja en un sobre de color rosa y lo cerró. Por fuera escribió: «Al filósofo»

El problema era cómo sacarlo fuera sin que su madre lo viera. Al mismo tiempo, tendría que mirar el buzón temprano a la mañana siguiente, antes de que llegara el periódico. Si no llegaba ningún envío durante la noche, tendría que volver a recoger el sobre de color rosa.

¿Porqué tenía que ser todo tan complicado?

Aquella noche, Sofía subió pronto a su habitación a pesar de que era viernes. Su madre intentó tentarla con una pizza y una película policíaca, pero dijo que estaba cansada y que quería leer en la cama. Mientras su madre estaba sentada mirando fijamente a la

pantalla del televisor; Sofía bajó a hurtadillas a llevar la carta al buzón.


Al parecer, su madre estaba un poco preocupada. Desde que surgió aquello del conejo grande y el sombrero de copa, hablaba con Sofía de una manera completamente distinta a la de antes. Sofía no   quería preocuparla, pero ahora tenía que subir a la habitación para vigilar el buzón.

Cuando su madre subió, sobre las once, estaba sentada delante de la ventana mirando a la calle.

–¿No estarás sentada mirando al buzón? –pregunto.

–Miro lo que me da la gana.

–Creo que estás enamorada de verdad, Sofía. Pero si llega con una nueva carta, no lo hará en medio de la noche.

–¡Qué asco! Sofía no aguantaba esa tontería del enamoramiento. Pero habría que dejar que su madre creyera que su estado de ánimo se debía a algo así.

Su madre prosiguió: –¿Él fue el que dijo aquello del conejo y el sombrero de copa?

Sofía asintió con la cabeza.

–No es... no consume droga, ¿verdad?

Ahora Sofía sentía verdadera lástima por su madre. No podía permitir que se preocupara tanto por una cosa así. Por otra parte, era bastante tonto pensar que las ideas divertidas tuvieran que ver con las drogas. Los mayores son un poco tontos a veces.

Se volvió y dijo:

–Mamá, te prometo, aquí y ahora que jamás probaré algo así... y él tampoco consume drogas. Pero le interesa bastante la filosofía.

–¿Es mayor que tú?

Sofía dijo que no con la cabeza.

–¿De la misma edad? Dijo que sí.

–¿Y le interesa la filosofía?

Volvió a decir que si. –Seguro que es majísimo, cariño. Y ahora, creo que debes dormir, Pero Sofía se quedó durante horas mirando al camino. Sobre la una, tenía tanto sueño que los ojos se le iban cerrando. Estuvo a punto de acostarse, pero de repente vislumbró sobre una sombra que salía del bosque.

 

La oscuridad era casi total, pero había luz suficiente para poder distinguir la silueta de una persona. Era un hombre, y a Sofía le parecía bastante mayor. ¡Por lo menos, no era de su misma edad! En la cabeza llevaba una boina o algo parecido.

 

Miró una vez hacia la casa, pero Sofía no tenía ninguna luz encendida. El hombre se fue derecho al buzón y dejó caer dentro un sobre grande. En el momento de soltar el sobre, descubrió la carta de Sofía. Metió la mano en el buzón y sacó la carta. Al cabo de un instante, estaba ya otra vez en el bosque. Se fue corriendo hacia el sendero y desapareció.

 

Sofía notaba cómo le latía el corazón. Lo que más hubiera deseado era salir corriendo tras él. Aunque pensándolo bien, no podía hacer eso, no se atrevía a ir corriendo tras una persona desconocida en plena noche. Pero tenía que salir a recoger el sobre, eso sí que no lo dudaba.

Al cabo de un rato, bajó la escalera a hurtadillas, abrió cuidadosamente la puerta de la calle con la llave y se fue hasta el buzón. Pronto estaba de vuelta en su habitación, con el gran sobre en la mano. Se sentó sobre la cama conteniendo el aliento. Pasaron un par de minutos y no se oía ningún ruido en toda la casa.

 

 

 


.

Entonces abrió la carta y comenzó a leer.

Era evidente que no recibiría ninguna contestación a su carta hasta el día siguiente.

 

El destino

¡Buenos días de nuevo, querida Sofía! Déjame decirte, de una vez por todas, que jamás debes intentar espiarme. Ya nos conoceremos en persona algún día, pero seré yo quien decida la hora y el lugar. ¿No vas a desobedecerme, ¿verdad?

 Volvamos a los filósofos. Hemos visto cómo buscan explicaciones naturales a los cambios que tienen lugar en la naturaleza. Anteriormente, esas cuestiones se explicaban mediante los mitos.

 

Pero también en otros campos hubo que despejar el camino de viejas supersticiones. Lo vemos en lo que se refiere a estar enfermo y estar sano, y en lo que se refiere a los acontecimientos políticos. En ambos campos, los griegos tuvieron una gran fe en el destino.

 

Por fe en el destino se entiende la fe en que está determinado, de antemano, todo lo que va a suceder. Esta idea la podemos encontrar en todo el mundo, en el momento presente, y a través de toda la historia. En los países nórdicos existe una gran fe en

«el destino»; tal como aparece en las antiguas sagas islandesas. Tanto entre los griegos como en otras partes del mundo, nos encontramos con la idea de que los seres humanos pueden llegar a conocer el destino a través de diferentes formas de oráculo, lo que significa que el destino de una persona, o de un estado, puede ser interpretado de varios modos.

 

Todavía hay muchas personas que creen en leer las cartas, leer las manos o interpelar las estrellas.

Una variante típicamente noruega es la adivinación mediante los posos del café. Al vaciarse la taza de café, suelen quedar algunos posos en el fondo. Esos posos pueden formar un determinado dibujo o imagen –sobre todo, si añadimos un poco de imaginación–. Si los posos tienen la forma de un coche, significa que la persona que haya bebido de la taza quizás vaya a hacer un viaje en coche.

 

Vemos que el «adivino» intenta interpretar algo que en realidad no está nada claro. Esto es muy típico de todo arte adivinatorio, y precisamente porque aquello que se «adivina» es tan poco claro, no resulta tampoco muy fácil contradecir al adivino.

 

Cuando miramos el cielo estrellado, vemos un verdadero caos de puntitos brillantes, y sin embargo, ha habido muchas personas, a través de los tiempos, que han creído que las estrellas pueden decirnos algo sobre nuestra vida en la Tierra. Incluso hoy en día, hay dirigentes políticos que consultan a un astrólogo antes de tomar una decisión importante.

 

ACTIVIDAD:

1. Explica la diferencia entre DESTINO Y LIBRE ADBEDRÍO

2. ¿Crees en el destino o en el libre albedrío? Justifica tu respuesta

3. ¿Son las enfermedades un castigo divino?

4. ¿Cuáles son las fuerzas que dirigen la marcha de la historia

5. ¿Qué opinas dela frase “quién tiene derecho a llamar superstición a la fe de otras personas”?

6. Cuando tú, dices: ¿toco madera, estas creyendo en el destino o en el libre albedrío? ¿Por qué?

7. Consulta que es un DEJA VÚ y explícalo.

 

 



lunes, 8 de junio de 2026

SEMANA # 19 FILOSOFÍA

 

DEMÓCRITO

EL JUGUETE MÁS GENIAL DEL MUNDO...

 


Sofía cerró la caja de galletas que contenía todas las hojas escritas a máquina que había recibido del desconocido profesor de filosofía. Salió a hurtadillas del Callejón y se quedó un instante mirando al jardín. De repente, se acordó de lo que había pasado la mañana anterior. Su madre había bromeado con la carta de amor, durante el desayuno. Ahora se apresura hasta el buzón para evitar que aquello volviera a suceder. Recibir una carta de amor dos días seguidos, daría exactamente el doble de corte que recibir una.

¡De nuevo había allí un pequeño sobre blanco! Sofía comenzó a vislumbrar una especie de sistema en las entregas: cada tarde había encontrado un sobre grande y amarillo en el buzón. Mientras leía la carta grande, el filósofo solía deslizarse hasta el buzón con un sobrecito blanco.

Esto significaba que no le resultaría difícil descubrirlo. ¿O descubrirla? Si se colocaba ante la ventana de su cuarto, tendría buena vista sobre el buzón y seguro que llegaría a ver al misterioso filósofo. Porque sobrecitos blancos no surgen por si mismos así como así.

Sofía decidió estar muy atenta al día siguiente. Era viernes y tenía todo el fin de semana por delante.

Subió a su habitación y abrió allí el sobre. Esta vez sólo había una pregunta en la nota, pero la pregunta era, si cabe, más loca que aquellas tres que habían venido en la carta de amor.

 

¿Por qué el lego es el juguete más genial del mundo?

 

En primer lugar, Sofía no estaba segura de estar de acuerdo con   que el lego fuese el juguete más genial del mundo, al menos había dejado de jugar con él hacía muchos años.

En segundo lugar, no era capaz de entender qué podía tener que ver el lego con la filosofía.

Pero era una alumna obediente, y empezó a buscar en el estante superior de su armario. Allí encontró una bolsa de plástico llena de piezas del lego de muchos tamaños y colores.

Por primera vez en mucho tiempo, se puso a construir con las pequeñas piezas. Mientras lo hacia, le venían a la mente pensamientos sobre el lego.

Resulta fácil construir con las piezas del lego, pensó. Aunque tengan distinta forma y color, todas las piezas pueden ensamblarse con otras. Además son indestructibles. Sofía no recordaba haber visto nunca una pieza del lego rota. De hecho, todas las piezas parecían tan frescas y nuevas como el día, hacía ya muchos años, en que se lo habían regalado. Y sobre todo: con las piezas del lego podía construir cualquier cosa. Y luego podía desmontarlas y construir algo completamente distinto.

¿Qué más se puede pedir? Sofía llegó a la conclusión de que el lego, efectivamente, muy bien podía llamarse el juguete más genial del mundo. Pero seguía sin entender que tenía que ver con la filosofía.

 

Pronto Sofía construyó una gran casa de muñecas. Apenas se atrevió a confesarse a sí misma que hacía mucho tiempo que no lo había pasado tan bien como ahora. ¿Por qué dejaban las personas de jugar?

Cuando la madre llegó a casa y vio lo que Sofía había hecho, se le escapó: –¡Qué bien que todavía seas capaz de jugar como una niña!

–¡Bah! Estoy trabajando en una complicada investigación filosófica.

Su madre dejó escapar un profundo suspiro. Seguramente estaba pensando en el conejo y en el sombrero de copa.

Al volver del instituto al día siguiente, Sofía se encontró con un montón de nuevas hojas en un gran sobre amarillo. Se llevó el sobre a su habitación, y se puso enseguida a leer, aunque al mismo tiempo vigilaría el buzón.

 

La teoría atómica

Aquí estoy de nuevo, Sofía. Hoy conocerás al último gran filósofo de la naturaleza. Se llamaba Demócrito (aprox. 460-370 a. de C.) y venía de la ciudad costera de Abdera, al norte del mar Egeo. Si has podido contestar a la pregunta sobre el lego, no te costará mucho esfuerzo entender lo que el proyecto de este filósofo. Demócrito estaba de acuerdo con sus predecesores en que los cambios en la naturaleza no se debían a que las cosas realmente «cambiaran». Suponía, por lo tanto, que todo tenía que estar construido por unas piececitas pequeñas e invisibles, cada una de ellas eterna e inalterable. A estas piezas más pequeñas Demócrito las llamó átomos. La palabra «átomo» significa «indivisible». Era importante para Demócrito poder afirmar que eso de lo que todo está hecho no podía dividirse en partes más pequeñas. Si hubiera sido así, no habrían podido servir de ladrillos de construcción. Pues, si los átomos hubieran podido ser limados y partidos en partes cada vez más pequeñas, la naturaleza habría empezado a flotar en una pasta cada vez más líquida. Además, los ladrillos de la naturaleza tenían que ser eternos, pues nada puede surgir de la nada. En este punto, Demócrito estaba de acuerdo con Parménides y los eleáticos. Pensaba, además que los átomos tenían que ser fijos y macizos, pero no podían ser idénticos entre sí. Si los átomos fueran idénticos, no habríamos podido encontrar ninguna explicación satisfactoria de cómo podían estar compuestos, pudiendo formar de todo, desde amapolas y olivos, hasta piel de cabra y pelo humano. Existe un sinfín de diferentes átomos en la naturaleza, decía Demócrito. Algunos son redondos y lisos, otros son irregulares y torcidos. Precisamente por tener formas diferentes, podían usarse para componer diferentes cuerpos. Pero aunque sean muchísimos y muy diferentes entre sí, son todos eternos, inalterables e indivisibles. Cuando un cuerpo –por ejemplo un árbol o un animal muere y se desintegra, los átomos se dispersan y pueden utilizarse de nuevo en otro cuerpo. Pues los átomos se mueven en el espacio, pero como tienen entrantes y salientes se acoplan para configurar las cosas que vemos en nuestro entorno. ¿Ya has entendido lo que quise decir con las piezas del lego, verdad? Tienen más o menos las mismas cualidades que Demócrito atribuía a los átomos, y, precisamente por ello, resultan tan buenas para construir. Ante todo son indivisibles. Tienen formas y tamaños diferentes, son macizas e impenetrables. Además, las piezas del lego tienen entrantes y salientes que hacen que las puedas unir para poder formar todas las figuras posibles. Estas conexiones pueden deshacerse para poder dar lugar a nuevos objetos con las mismas piezas. Lo bueno de las piezas del lego es precisamente que se pueden volver a usar una y otra vez. Una pieza del lego puede formar parte de un coche un día, y de un castillo al día siguiente. Además podemos decir que las piezas del lego son eternas». Niños de hoy en día pueden jugar con las mismas piezas con las que jugaban sus padres. También podemos formar cosas de barro, pero el barro no puede usarse una y otra vez, precisamente porque se puede romper en trozos cada vez más pequeños, y porque esos pequeñísimos trocitos de barro no pueden unirse para formar nuevos objetos. Hoy podemos más o menos afirmar que la teoría atómica de Demócrito era correcta. La naturaleza está, efectivamente, compuesta por diferentes átomos que se unen y que vuelven a separarse. Un átomo de hidrógeno que está asentado dentro de una célula en la punta de mi nariz, perteneció, en alguna ocasión, a la trompa de un elefante. Un átomo de carbono dentro del músculo de mi corazón estuvo una vez en el rabo de un dinosaurio. En nuestros días, la ciencia ha descubierto que los átomos pueden dividirse en «partículas elementales». A estas partículas elementales las llamamos protones, neutrones y electrones. Quizás esas partículas puedan dividirse en partes aún más pequeñas. No obstante, los físicos están de acuerdo en que tiene que haber un límite. Tiene que haber unas partes mínimas de las que esté hecho el mundo. Demócrito no tuvo acceso a los aparatos electrónicos de nuestra época. Su único instrumento de verdad fue su inteligencia. Y su inteligencia no le ofreció ninguna elección. Si de entrada aceptamos que nada cambia, que nada surge de la nada y que nada desaparece, entonces la naturaleza ha de estar compuesta necesariamente por unos minúsculos ladrillos que se juntan, y que se vuelven a separar. Demócrito no contaba con ninguna fuerza» o «espíritu» que interviniera en los procesos de la naturaleza. Lo único que existe son los átomos y el espacio vacío, pensaba. Ya que no creía en nada más que en lo material, le llamamos materialista. No existe ninguna «intención» determinada detrás de los movimientos de los átomos. En la naturaleza todo ocurre mecánicamente. Eso no significa que todo lo que ocurre sea «casual», pues todo sigue las leyes inquebrantables de la naturaleza. Demócrito pensaba que había una causa natural en todo lo que ocurre, una causa que se encuentra en las cosas mismas. En una ocasión dijo que preferiría descubrir una ley de la naturaleza a convertirse en rey de Persia. La teoría atómica también explica nuestras sensaciones, pensaba Demócrito. Cuando captamos algo con nuestros sentidos, se debe a los movimientos de los átomos en el espacio vacío. Cuando vemos la luna, es porque los «átomos de la luna» alcanzan mi ojo. ¿Y qué pasa con la conciencia? ¿No podrá estar formada por átomos, es decir, por «cosas» materiales? Pues sí, Demócrito se imaginaba que el alma estaba formada por unos «átomos del alma» especialmente redondos y lisos. Al morir una persona, los átomos del alma se dispersan hacia todas partes. Luego, pueden entrar en otra alma en proceso de creación. Eso significa que el ser humano no tiene un alma inmortal. Mucha gente comparte también, hoy en día, este pensamiento. Opinan, como Demócrito, que «el alma» está conectada al cerebro y que no podemos tener ninguna especie de conciencia cuando el cerebro se haya desintegrado. Demócrito puso temporalmente fin a la filosofía griega de la naturaleza. Estaba de acuerdo con Heráclito en que todo en la naturaleza «fluye». Las formas van y vienen. Pero detrás de todo lo que fluye, se encuentran algunas cosas eternas e inalterables que no fluyen. A estas cosas es a lo que Demócrito llamó átomos.

 Mientras leía, Sofía miraba por la ventana para ver si aparecía junto al buzón el misterioso autor de las cartas. Se quedó mirando a la calle fijamente, pensando en lo que acababa de leer. Le pareció

que Demócrito había razonado de un modo muy sencillo y, sin embargo, muy astuto. Había encontrado la solución al problema de la materia primaria» y del cambio. Este problema era tan complicado que los filósofos lo habían meditado durante varias generaciones. Pero al final, Demócrito había solucionado todo el problema utilizando simplemente su inteligencia. Sofía estaba a punto de echarse a reír. Tenía que ser verdad que la naturaleza estaba hecha de piececitas que nunca cambian. Al mismo tiempo, Heráclito había tenido razón al afirmar que todas las formas de la naturaleza fluyen», pues todos los humanos y todos los animales mueren, e incluso una cordillera de montañas se va desintegrando lentísimamente, y lo cierto es que también la cordillera está compuesta por unas cositas indivisibles que nunca se rompen. Al mismo tiempo, Demócrito se había hecho nuevas preguntas. Había dicho, por ejemplo, que todo sucede mecánicamente. No aceptó ninguna fuerza espiritual en la naturaleza, como Empédocles y Anaxágoras. Además, Demócrito pensaba que el ser humano carece de alma inmortal. ¿Podía estar totalmente segura de que esto era correcto. ? No estaba del todo segura. Pero, claro, se encontraba muy al principio del curso de filosofía.

ACTIVIDAD:

DESPUÉS DEL LEER CAPITULO DEL JUGUETE MÁS GENIAL DEL MUNDO REALIZA LA ACTIVIDAD

LIBRO COMPLETO https://www.cs.buap.mx/~jitalo/libros/mundodesofia.pdf

Realiza una presentación tipo: mapa conceptual, mapa mental, diapositivas donde expongas la información más importante de este capítulo para presentarla a tus compañeros la próxima clase.

 

Video https://youtu.be/gvlcnNbxRdo


 

martes, 2 de junio de 2026

SEMANA # 18 FILOSOFÍA

 

TEMA: ALGO DETODO EN TODO (ANAXÁGORAS)



PROPÓSITO: comprender la teoría sobre el arjé de Anaxágoras y su diferencia con los demás filósofos de la naturaleza

ACTIVIDAD

Revisión taller de Empédocles

1. observación y copia de diapositivas https://www.slideshare.net/staceyguerrero/anaxagoras-13431501 ANAXÁGORAS

ANAXÁGORAS

CAPÍTULO: ALGO DE TODO EN TODO

Otro filósofo que no se contentaba con la teoría de que un solo elemento -por ejemplo el agua- pudiera convertirse en todo lo que vemos en la naturaleza, fue Anaxágoras (500-428 a. de C).

Tampoco aceptó la idea de que tierra, aire, fuego o agua pudieran convertirse en sangre y hueso.

Anaxágoras opinaba que la naturaleza está hecha de muchas piezas minúsculas, invisibles para el ojo. Todo puede dividirse en algo todavía más pequeño, pero incluso en las piezas más pequeñas, hay algo de todo. Si la piel y el pelo no se han convertido en otra cosa, tiene que haber piel y pelo también en la leche que bebemos, y en la comida que comemos, opinaba él.

A lo mejor, un par de ejemplos modernos puedan ilustrar lo que se imaginaba Anaxágoras. Mediante la técnica de láser se pueden, hoy en día, hacer los llamados hologramas. Si el holograma muestra un coche, y este holograma se rompe, veremos una imagen de todo el coche, aunque conservemos solamente la parte del holograma que muestra el parachoques. Eso es porque todo el motivo está presente en cada piececita.

De alguna manera, también se puede decir que es así como está hecho nuestro cuerpo. Si separo una célula de la piel de un dedo, el núcleo de esa célula contiene no sólo la receta de cómo es mi piel, sino que en la misma célula también está la receta de mis ojos, del color de mi pelo, de cuántos dedos tengo y de qué aspecto, etc. En cada célula del cuerpo hay una descripción detallada de la composición de todas las demás células del cuerpo. Es decir, que hay «algo de todo» en cada una de las células. El todo está en la parte más minúscula.

A esas «partes mínimas» que contienen «algo de todo», Anaxágoras las llamaba «gérmenes» o   «semillas». 

Recordemos que para Empédocles era «el amor» lo que unía las partes en cuerpos enteros. También Anaxágoras se imaginaba una especie de fuerza que «pone orden» y crea animales y humanos, flores y árboles. 

A esta fuerza la llamó espíritu o entendimiento (nous).

Anaxágoras también es interesante por ser el primer filósofo de los de Atenas. Vino de Asia Menor, pero se trasladó a Atenas cuando tenía unos 40 años. En Atenas lo acusaron de ateo y, al final, tuvo que marcharse de la ciudad. 

Entre otras cosas, había dicho que el sol no era un dios, sino una masa ardiente más grande que la península del Peloponeso. 

Anaxágoras se interesaba en general por la astronomía. Opinaba que todos los astros estaban hechos de la misma materia que la Tierra. A esta teoría llegó después de haber estudiado un meteorito. Puede ser, decía, que haya personas en otros planetas. También señaló que la luna no lucía por propia fuerza sino que recibe su luz de la Tierra. Explicó, además, el porqué de los eclipses de sol.

 

ACTIVIDAD

1. ¿Qué significa la frase de Anaxágoras “ algo de todo en todo”

2.  ¿Qué decía Anaxágoras de la teoría de Empédocles?

3. Busca en el diccionario la definición de: semillas y gérmenes, según Anaxágoras

4. Explica el ejemplo del holograma con tus propias palabras

5. ¿Con que nombre llamó Anaxágoras esas partes mínimas que contienen algo de todo?

6. ¿Qué es el Nous para Anaxágoras?

7. ¿Qué te llamó la atención de la historia de Anaxágoras?

 

 

jueves, 28 de mayo de 2026

SEMANA # 17 FILOSOFÍA

 

                             TEMA: EMPÉDOCLES Y SUS CUATRO RAICES




PROPÓSITO: Comprender la teoría de Empédocles sobre el origen de todo, donde argumenta la existencia de cuatro elementos y dos fuerzas que dan vida o muerte a todo lo que vemos

           ACTIVIDADES

1.       Copia de diapositivas https://www.slideshare.net/DaniiaKarinaa/empdocles

2.       Taller de Empédocles

 

EMPEDOCLES TIERRA, AGUA, FUEGO Y AIRE

Empédocles (494-434 a. d C.) de Sicilia sería el que lograra salir de los enredos en los que se había metido la filosofía. Opinaba que, tanto Parménides como Heráclito, tenían razón en una de sus afirmaciones, pero que los dos se equivocaban en una cosa.

Empédocles pensaba que el gran desacuerdo se debía a que los filósofos habían dado por sentado (error esencial en Parméndides) que había un solo elemento.

De ser así, la diferencia entre lo que dice la razón y lo que «vemos con nuestros propios ojos» seria insuperable.

Es evidente que el agua no puede convertirse en un pez o en una mariposa. El agua no puede cambiar. El agua pura sigue siendo agua pura para siempre. De modo que Parménides tenía razón en decir que «nada cambia».

Al mismo tiempo, Empédocles le daba la razón a Heráclito en que debemos fiarnos de lo que nos dicen nuestros sentidos.

Debemos creer lo que vemos, y vemos, precisamente, cambios constantes en la naturaleza.

Empédocles llegó a la conclusión de que lo que había que rechazar era la idea de que hay un solo elemento. Ni el agua ni el aire son capaces, por sí solos, de convertirse en un rosal o en una mariposa, razón por la cual resulta imposible que la naturaleza sólo tenga un elemento.

Empédocles pensaba que la naturaleza tiene en total cuatro elementos o «raíces», como él los llama. Llamó a esas cuatro raíces tierra, aire, fuego y agua.

Todos los cambios de la naturaleza se deben a que estos cuatro elementos se mezclan y se vuelven a separar, pues todo está compuesto de tierra, aire, fuego y agua, pero en distintas proporciones de mezcla. Cuando muere una flor o un animal, los cuatro elementos vuelven a separarse. Éste es un cambio que podemos observar con los ojos. Pero la tierra y el aire, el fuego y el agua quedan completamente inalterados o intactos con todos esos cambios en los que participan. Es decir, que no es cierto que «todo» cambia (en contra de Heráclito).

En realidad, no hay nada que cambie, lo que ocurre es, simplemente, que cuatro elementos diferentes se mezclan y se separan, para luego volver a mezclarse. 

Podríamos compararlo con un pintor artístico: si tiene sólo un color -por ejemplo el rojo- no puede pintar árboles verdes. Pero si tiene amarillo, rojo, azul y negro, puede obtener hasta cientos de colores, mezclándolos en distintas proporciones.

Un ejemplo de cocina demuestra lo mismo. Si sólo tuviera harina, tendría que ser un mago para poder hacer un bizcocho. Pero si tengo huevos y harina, leche y azúcar, entonces puedo hacer un montón de tartas y bizcochos diferentes, con esas cuatro materias primas.

No fue por casualidad el que Empédocles pensara que las «raíces» de la naturaleza tuvieran que ser precisamente tierra, aire, fuego y agua. Antes que él, otros filósofos habían intentado mostrar por qué el elemento básico tendría que ser agua, aire o fuego. Tales y Anaxímenes ya habían señalado el agua y el aire como elementos importantes de la naturaleza. Los griegos también pensaban que el fuego era muy importante. Observaban, por ejemplo, la importancia del sol para todo lo vivo de la naturaleza, y, evidentemente, conocían el calor del cuerpo humano y animal.

Quizás Empédocles vio cómo ardía un trozo de madera; lo que sucede entonces, es que algo se disuelve. Oímos cómo la madera cruje y gorgotea. Es el agua. Algo se convierte en humo. Es el aire. Vemos ese aire. Algo queda cuando el fuego se apaga. Es la ceniza, o la tierra. 

Empédocles señala, como hemos visto, que los cambios en la naturaleza se deben a que las cuatro raíces se mezclan y se vuelven a separar. Pero queda algo por explicar. ¿Cuál es la causa por la que los elementos se unen para dar lugar a una nueva vida? ¿Y por qué vuelve a disolverse «la mezcla», por ejemplo, una flor? 

Empédocles pensaba que tenía que haber dos fuerzas que actuasen en la naturaleza. Las llamó «amor» y «odio». Lo que une las cosas es «el amor», y lo que las separa, es «el odio». 

Tomemos nota de que el filósofo distingue aquí entre «elemento» y «fuerza». Incluso, hoy en día, la ciencia distingue entre «los elementos» y «las fuerzas de la naturaleza». La ciencia moderna dice que todos los procesos de la naturaleza pueden explicarse como una interacción de los distintos elementos, y unas cuantas fuerzas de la naturaleza.

Empédocles también estudió la cuestión de qué es lo que pasa cuando observamos algo con nuestros sentidos. ¿Cómo puedo ver una flor, por ejemplo? ¿Qué sucede entonces? ¿Has pensado en eso? Si no, ahora tienes la ocasión!

Empédocles pensaba que nuestros ojos estaban formados de tierra, aire, fuego y agua, como todo lo demás en la naturaleza. Y «la tierra» que tengo en mi ojo capta lo que hay de tierra en lo que veo, «el aire» capta lo que es de aire, «el fuego» de los ojos capta lo que es de fuego y «el agua» lo que es de agua. Si el ojo hubiera carecido de uno de los cuatro elementos, yo tampoco hubiera podido ver la naturaleza en su totalidad.

TALLER

1. ¿A qué parte de las teorías de Heráclito y Parménides les da y les quita la razón Empédocles?

2. ¿Qué nombre les da Empédocles a los cuatro elementos que considera son el árjé de todo?

3. ¿Cuáles son los cuatro elementos que, según, Empédocles son el principio de Todo?

4. Describe el proceso a través del cual se crean y se mueren las cosas para Empédocles:

5. Escribe el ejemplo de cocina que podría aclararnos la teoría de Empédocles.

6. ¿Cuál es la causa por la que los elementos se unen para dar lugar a una nueva vida? ¿Y por qué vuelve a disolverse «la mezcla»?

7. Explica la teoría de Empédocles sobre por qué cómo es el proceso a través del cual nuestros ojos ven?

8. ¿Qué piensas de la teoría de Empédocles? ¿Estás de acuerdo o en desacuerdo? Argumenta tu respuesta

 

SEMANA # 24 FILOSOFÍA

  TEMA: CONOCIMIENTO, VERDAD Y REALIDAD   PROPÓSITO : Reflexionar acerca de las dificultades que supone distinguir entre realidad y apa...